Experiencia VOLUNTARIADO: Createctura

Llegó el día de mi primera experiencia como voluntaria en el Centro Botín.

Había quedado una hora antes del comienzo de la actividad para que me explicaran lo que tenía que hacer y que saliera lo mejor posible. Una vez allí, conocí a Irene, la coordinadora de la actividad.
Ella ya sabía que iba a ir una chica nueva, así que lo primero que hizo fue darme el uniforme: un polo blanco con el logotipo en negro del Centro en el pecho izquierdo y unas letras bien grandes en la espalda que decían: "ESTAMOS PARA AYUDARTE". Cuando leí esas palabras en tan grande dimensión, le empecé a dar vueltas: "Acabo de venir nueva, sé lo mismo que la gente que pregunta", "Es muy cantoso", "Ya verás como vienen a mí antes que a los guardias y demás asalariados del Centro"... Lo único que pude hacer fue respirar profundo y ponérmelo porque, a pesar de eso, las ganas que tenía de tener el uniforme no eran normales.

Tras las tantas emociones que me causó el polo, no tuve tiempo en darme cuenta en que yo era la más joven hasta ese preciso instante. Y no es que los demás tuvieran 17 o 18... Tenían de veintipico en adelante. Me sorprendió un poco, pero me sentí bien. Protegida, arropada, no sé. Los demás se les veía enérgicos, con ganas de colaborar y contribuir a lo que se les propusiese. La verdad es que me gustó encontrarme en ese ambiente tan variado. Y digo tan variado porque había gente otros países como Eslovenia, República Checa, Italia, Polonia... En ese momento me empecé a hacer más preguntas en la cabeza. "¿Qué harán aquí?", "¿Llevarán mucho tiempo?", "¿Habrán hecho algo parecido ya?", "¿Por qué vendrán aquí?" cuyas respuestas se me saciaron más adelante. Había tantas emociones juntas que decidí tomármelo con calma y ver cómo se iba desarrollando la tarde.

Una vez que ya habíamos llegado todos los voluntarios, Irene nos explicó cómo se desenvolvería la actividad.

Cuando fuese la hora para comenzar la actividad, Irene sería la que introduciría la actividad a los que se habían apuntado a la actividad. Algo parecido a lo que nos estaba contando a nosotros, pero con menos detalle. Todo por el hecho de que nosotros teníamos que saber cómo actuar durante el transcurso de la actividad y ellos dejarse llevar.
Lo primero que haría la gente al llegar sería quitarse los zapatos y calcetines (es verano, no hay que poner impedimentos, chicos). Y os preguntaréis por qué... Básicamente, la actividad estaba relacionada con los sentidos, sobre todo el del tacto, así que para poder envolverse más en la experiencia, hacía falta quedarse descalzo para vivirlo.
A continuación, les daríamos un antifaz a cada uno y cada voluntario tendría que llevar a dos personas, ya con el antifaz, hasta otra sala. Irene nos enseñó cómo llevarlos, pues cuanto menos contacto hubiera con el que estuviéramos llevando, más experiencia estaría experimentando. En vez de agarrarle una mano con nuestra mano y con la otra su espalda, había que utilizar solo una mano. Esta la pondríamos debajo de la palma del que guiamos, sin agarrar. Yo pensé que al que llevaría no se enteraría si tenía que girar o no, pero comprobé que funcionaba totalmente. El objetivo de esto es que cada uno se experimentara a sí mismo; viendo hasta dónde podía llegar, si tiene un poco de miedo por lo que no conoce (estando con los ojos tapados) y va más despacio o si, por el contrario, va más rápido y le gusta ir tocando e irse encontrando distintas texturas, entornos, sensaciones.
Una vez en la otra sala, les tendríamos que colocar en sillas que estaban alrededor de dos mesas. Cada mesa tiene doce bandejas con distintas texturas, sensaciones, objetos, etc. Por ejemplo, en cada mesa había una bandeja con serrín, otra con lanas, otra con madera, otra con granos de café, otra con arena... En esta ocasión, lo que tenían que hacer es tocar lo que estaba dentro de las bandejas, experimentar con ello; lo tocaban, lo cogían, lo olían... Al cabo de un rato, todos los voluntarios teníamos que rotar las bandejas hacia un mismo lado para que tuvieran una distinta y poder explorar más. Así hicimos hasta que todos los de una mesa habían tocado todas las bandejas. Desde fuera, se veía a la gente cómo exploraba; las caras que ponían cuando tocaban materiales nuevos, las expresiones que decían en alto, algunas sensaciones. Se reían, exploraban a fondo... Otros dejaban de tocar su bandeja porque les causaba reparo, quizá no estaban preparados de conocerse a fondo de esa manera...
Una vez que ya acabó esa parte, les guiamos hasta otra sala donde había muchas texturas y formas en el suelo. Era aquí el porqué de estar descalzos. Todo el suelo estaba llevo de papeles como aluminio o periódico, montañas de trocitos de lanas de muchos tipos, papel de burbujas que cuando lo pisaban sonaba cómo se iban explotando, papel de sierra... Como ya he dicho, en ese momento eran los pies los que podían protagonizar la experiencia. Pero no quita que no pudieran tocar con las manos lo del suelo o las paredes. ¡Por supuesto! Estaban allí para conocerse, experimentar y disfrutar. Podíamos seguirles guiando o no, a gusto de cada uno que venía. Nos comunicábamos por el cuerpo, como antes. Les llevábamos hasta allí de la misma forma que al principio. Les dábamos un recorrido por la sala nueva y había unos que, nada más entrar, se iban por su lado a explorar. Otros, sin embargo, no eran tan decididos, así que para saber si querían ir ellos solos o no, se les soltaba un poco la mano para ver si se atrevían a ir solos o no. Si la respuesta era seguir mi mano, no importaba, todo era válido. Les acompañábamos hasta dónde considerasen. ¡Para algo estábamos los voluntarios ahí! Además, hay que saber que cada persona es un mundo y hay que intentar que se lo pase bien y que disfrute al máximo esa experiencia. No era cuestión de que hiciera algo que no quisiera, y mucho menos, habiéndose apuntado a algo voluntario.
Cuando se les veía que ya habían experimentado todo lo de la sala, o simplemente querían cambiar, se notaba. Ya no tocaban tantas cosas, estaban más quietos, etc. Así que era el momento de llevarlos a la última sala. Una vez en esta, se podían quitar los antifaces y, por inercia, empezaban a comentar  unos con otros las sensaciones y emociones. Cada uno lo vivía de una forma y es bonito escuchar a cada uno lo que le ha causado, lo que ha pensado, sentido...
La última sala a mí me encantaba. Era una sala sin ventanas, espaciosa y todo el suelo estaba lleno de sal, la cual creaba dibujos de todo lo que tu imaginación te dejase ver. Había cuatro focos en las esquinas en el suelo de la sala que desprendían una luz entre morado, azul y blanco. Muy sutil, muy íntimo. La gente empezaba a moverse por la sala arrastrando los pies, creado los dibujos imaginados, chocando unos pies con otros. Más adelante, empezaban complementar el movimiento de las piernas con el de los brazos: empezaban a crear figuras con los brazos en movimiento. Era agradable verlo. Al cabo de un rato, los voluntarios procedíamos a dar dos pañuelos a cada uno; uno en cada mano, y cada uno de un color. Cuando se los dábamos, seguían haciendo lo mismo: imaginando figuras y componiendo al ritmo de la música relajante. La verdad que era inspiradora para realizar la actividad. Pasados unos minutos con los pañuelos, los voluntarios los recogíamos y, a cambio, les dábamos globos blancos de tamaño mediano con unas luces led blancas en su interior que previamente habíamos hinchado. La dinámica era la misma de antes: jugaban y experimentaban con los globos, manejándolos como considerasen. Por último, estaba pensado que utilizaran unas linternas con papel de colores pegado en las lentes para que cada linterna tuviera un color de luz distinta. Entonces, nos devolvían los globos y les dábamos las linternas. Más experimentación. Ahora también podían acercar la linterna a la pared a distintas distancias para ver el tamaño de su luz. Miles de ojos mirando, cada uno con una procedencia distinta. Ojos que iluminaban por todos los lados: paredes, techo y suelo, en combinación con la sal.
Una vez acabada esta parte, procedíamos a llevarlos fuera de la sala, donde habían estado al principio, donde habían dejado sus zapatos y abrigos. Una vez allí, les dimos una bolsa con utensilios de cocina en su mayoría con los que, aparentemente, en ese momento no iban a servir de nada, y un pequeño espejo. Utensilios para hacer música con el edificio. Pero ¿cómo?, si El Centro Botín no es ni una guitarra ni una pandereta... pero sí un edificio con montones de texturas que lo cubren donde se pueden crear distintos sonidos con la ayuda de los utensilios. Espumaderas, especies de rulos, palillos, tubos... cuyas melodías nos llevaban al otro lado del edificio, donde terminaba la actividad en la exposición de Carsten Höller.
No me preguntéis a mí cómo se puede hacer música con eso; si lo probáis con cualquier superficie, os respondéis a vosotros mismos...